Geraldine:
Cuando Afrodita cayó
a la milonga

Por Julio Fernández Baraibar
Los lunes la cita es en el Canning.
Se trata de un hermoso local con un señorial toldo
hacia la calle, que queda en la avenida Raúl Scalabrini
Ortiz. Como todo porteño sabe la avenida tenía
el nombre del primer ministro británico que reconoció
nuestra Independencia y, de paso, nos despojó de
la Banda Oriental, es decir, de lo que hoy es la República
Oriental del Uruguay. Tuvieron que venir varios gobiernos
peronistas para que la avenida fuese bautizada con el nombre
de aquel escritor y poeta argentino que descubrió
y explicó el sistema de dominación británica
en el Río de la Plata y craneó la nacionalización
de los ferrocarriles. Después que los ingleses nos
volvieron a echar a patadas de las Malvinas y nos impusieron
una cierta forma de democracia, le pusimos, como simbólica
revancha, Scalabrini Ortiz a la vieja avenida Jorge Canning.
Fue casi todo lo que pudimos hacer contra los ingleses.
Bien. Los lunes, como digo, la cita es en el Canning, en
el amplio salón con piso de parquet del Club Helénico.
Sus altas paredes exhiben las inmensas pinturas de la gran
Marcia Schwarz. Las amplias telas muestran las infinitas
posibilidades de la angustia femenina, bajo la forma de
milongueras gozando del delirio que sus cuerpos oferentes
generan en el misterio de la danza y sufriendo el desengaño
de esas palabras dichas sin pensar y el olvido de un cuerpo
cuyo nombre nunca será recordado. Óleos cuyo
único color dominante es el rojo: el rojo de las
ingles de una parturienta; el texto en letras rojas escritas
con un tampón; la copa de vino que derrama el himen
de la virgen sacrificada. Ese es el único color que
Marcia ha puesto en sus pinturas del Club Helénico.
El eterno color femenino. El de la pasión y la sangre.
Y en la pista del Canning, en el Club Helénico,
está bailando Afrodita.
Geraldine es el nombre que le han puesto sus padres, viejos
sacerdotes del rito porteño. Es morena. Su pelo suelto
y espumoso ha sabido de un par de trenzas cayendo sobre
el marfil de sus hombros redondeados y suaves. Los ojos
negros ponen en la noche la luz de todas las mañanas
de enero y sus pestañas mueven el aire, como las
plumas de un abanico que intenta que nada amenace su resplandeciente
grandeza.
Las formas de Geraldine son la cifra de la belleza porteña.
No es más alta que ningún hombre. La armonía
de su rostro oliváceo, la forma redonda de su mentón,
la suave curva de una nariz, cuyas fosas oscuras se abren
sedientas al bailar, la boca carnosa y brillante, la sonrisa
refulgentemente blanca, las orejas pequeñas ocultas
bajo las guedejas del pelo renegrido, toda esa belleza que
acongoja, no es sino expresión, quizás la
más alta, de nuestra única y mestiza singularidad.
Geraldine es una resplandecientemente hermosa criolla. Y
está bailando el tango.
No importa quién la lleva. Geraldine es, en los
brazos de su pareja, la eterna seducción femenina.
Sus pies responden con gracia la propuesta pícara
del hombre. Su cuerpo se vuelca generoso al quieto paso
atrás del compañero. Golpea la punta del pie
dos veces, en el silencio y la quietud del paso, se marca
su gloriosa grupa bajo la segunda piel de la falda, y ahí
devuelve con un giro y un ocho hacia atrás, la propuesta
gentil de su pareja. Nadie como Geraldine despliega en la
pista esa seducción que el hombre impone a la mujer
en el tango. Cuando baila Geraldine se hace evidente que
el hombre en el tango solamente tiene un papel que cumplir:
que todos deseen con violencia a la mujer que baila con
él.
Cuando baila Geraldine, baila Afrodita, en la helénica
pista del Canning.
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Carlos Gavito: el bailarín
inmóvil

Por Julio Fernández Baraibar
27 de diciembre de 2004
Carlos Gavito es delgado y alto. A sus sesenta
años largos mantiene una envidiable elegancia. Siempre
viste como lo que es, un caballero: ambo oscuro, camisa
de gemelos y corbata al tono; zapatos, a veces de gamuza,
a veces negros de cuero, lustrados siempre con meticulosidad.
De piernas largas, cintura estrecha, luce una barba suave
y recortada. Gavito –como lo llaman en las milongas
de Buenos Aires y de Nueva York- tiene un rostro bello y
armónico, una fina nariz, unos ojos negros y brillantes
que miran con profundidad, unas cejas oscuras, ni muy pobladas,
ni muy ralas, lo necesario para darle a los ojos el marco
adecuado. Con esa cara podría haber sido galán
de telenovelas o senador de la República. No ha sido
ni lo uno ni lo otro. Carlos Gavito es un maravilloso, singular,
bailarín de tango.
Su llegada a la milonga, a las dos de la mañana,
es recibida con alegría y respeto por todos. El “maitre”
sale a su encuentro para indicarle la mesa que tiene reservada.
Algunas de las meseras lo saludan con un beso en la mejilla.
Los milongueros experimentados le hacen un ademán
desde sus mesas. Gavito se acerca a alguna de ellas y da
un beso en la mejilla a alguno de sus amigos de años
o a alguna muchacha, joven y bella, que espera bailar con
él esa noche.
Una milonga a la que cae Gavito se convierte en una milonga
debute, importante, con chapa. Porque Gavito, dicen, viene
de la vieja bohemia milonguera. Salió de algún
barrio, recorrió las pistas de las épocas
en que el baile del tango perdía espacio en los grandes
salones y se refugiaba en canchas de básquet, en
milongas ignotas, en clubes cuyo único capital era
un salón amplio. Pero Gavito siguió de largo.
Se fue a Nueva York e impuso su modo de bailar en un salón
que queda enfrente mismo de la Columbus Square, donde Donald
Trump construyó su rascacielos.
Gavito se sienta a la mesa con algunos, no muchos, amigos,
todos milongueros. Pide un champagne y charla con ellos
y atiende, discreto y sin llamar la atención, a las
muchas amigas que se acercan a darle un beso y a decirle,
en voz baja, que están dispuestas a bailar con él.
Recién cuando la pista comienza a tener espacios
en blanco, cuando los novatos se han retirado, cuando nadie
baila a contramano ni hace pasos que molesten a las otras
parejas, a eso de las tres y media de la mañana,
Gavito sale a bailar.
Y en ese momento, la pista se convierte en otra cosa.
Ya no hay decenas de hombres que circulan con una mujer
en sus brazos y sortean, algunos con elegancia, otros torpemente,
las infinitas alternativas del baile. Sin que nadie vuelva
a su mesa, la pista se llena sólo de Gavito y su
pareja, siempre una bella muchacha que lo sigue embelesada,
los ojos cerrados y entregada por completo a su encanto,
a su baile, a ese hombre que la lleva, sin despegar del
piso, a un cielo sin tiempo, sin presente ni pasado.
Gavito baila sin bailar. Gavito baila el tango, erguido
en su elegancia, moviéndose apenas, impulsando con
su torso y sus brazos a la compañera que, quizás
sin saberlo, hace arabescos con sus pies, inventa nuevas
figuras que salen del silencioso mandato de ese hombre que
apenas se ha desplazado en la pista, que con sólo
un medio giro de su torso, logra en la mujer una hermosa
figura que realza sus piernas y su grupa. Gavito baila los
silencios, reteniendo el movimiento y el abrazo, hasta el
momento mismo en que se hace insoportable, casi procaz,
para aflojarlo en un leve ocho hacia atrás de la
muchacha que todavía ignora cómo lo ha hecho,
porque su compañero casi no ha movido los pies del
suelo.
El tango de Gavito es un tango sin adjetivos, es un tango
sin adverbios. Sus pies y su cuerpo casi inmóviles
transmiten al cuerpo y a los pies de la compañera
una energía que viene de su interior, de las cuerdas
que la música, por simpatía, tocan en su espíritu.
No hay espectacularidad en Gavito, pero el tiempo se detiene
cuando baila. Un halo de luz lo rodea y lo sigue en los
escasos movimientos de su cuerpo, que mantiene una erguida
elegancia, un refinadísimo sentido del ritmo y una
admirable sensibilidad plástica. Gavito ha logrado
resolver la paradoja y su tango, su maravilloso tango, es
inmóvil como la voluntad creadora del Dios de los
creyentes.
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Tete: el tango como una
eterna y pícara juventud
Por Julio Fernández Baraibar

29 de diciembre de 2004
Seguramente no hay nadie en la milonga que no conozca al
Tete. Y esto por muchas razones.
Una de ellas es que el Tete frecuenta las pistas desde hace
muchos años, desde cuando era un pibe veinteañero
y, junto con la milonga, descubría el delirio del
rock and roll. Todos los viejos sabios coinciden en afirmar
que el Tete era un maravilloso, incomparable bailarín
del ritmo que Little Richard, Fats Domino, Billie Halley
y, por supuesto, Elvis Presley, imponían en la muchachada
de la segunda mitad de los años cincuenta. Hay algunos
que tan sólo por bajarle el precio, por desprestigiarlo
un poco, dicen, cuando oyen mencionar su nombre, que es
un gran bailarín del rock.
Pero todo esto no son más que maledicencias de milongueros,
injurias vanas y, posiblemente, envidiosas, que pretenden
disminuir el arte, la alegría, la pasión y
la belleza que el Tete despliega cuando baila el tango.
Ya ha pasado seguramente los sesenta. No llama la atención
ni por su elegancia ni por su físico. De estatura
media, de anteojos -que se quita para bailar-, canoso y
panzón, suele sufrir de una molesta disnea, pero
nada de esto le impide desplegar en la milonga la simpatía
de un eterno adolescente. El Tete es considerado por todos
como un gran amigo. Leal, sincero y generoso recorre las
mesas de la milonga recibiendo el respeto de los hombres
y la fascinación de las mujeres. Baila y frecuenta
los bailes desde que tiene memoria. Siempre tiene un requiebro
para una hermosa jovencita o un suspiro para una madura
alemana que ha venido a tomar sus clases desde que se enteró
que Pina Bausch, la expresionista coreógrafa de danza
contemporánea, lo eligió como entrenador de
tango para su compañía, mundialmente célebre.
Su baile no tiene, si se lo examina con atención,
ni arabescos ni artificiosidades. El Tete baila con la naturalidad
de quien camina, siempre pegado al suelo, sin pasos complejos
ni inútiles revoleos de pierna, pero pone en su desplazamiento
una juvenil pizca de alegría, un cambio de rumbo
que sorprende, unos giros que marean, una jovial energía
que hipnotiza a su pareja. Es cierto, mueve sus pies con
la picardía intencionada y exhibicionista del bailarín
de rock. Va corriendo por el piso, apurando un paso en tres
tiempos, y, de pronto, se detiene, levanta su pie izquierdo
y el derecho da vuelta sobre el eje, imprimiendo a su compañera,
siempre bella, siempre joven, un sorpresivo giro que confunde
sus pensamientos, pero da ala a la improvisación
de sus pies. Su compañera siempre sabe que el Tete
jamás exigirá de ella lo que no sabe, jamás
intentará demostrarle que baila mejor que ella. Sabe
que bailar con el Tete es lograr sacar de ese simple caminar
a su lado las infinitas posibilidades de dividir el tiempo,
estirar los silencios y dejarse llevar por su brazo eternamente
joven.
Y hay que verlo bailar el vals.
Confundido en el abrazo con la mujer, el Tete convierte
esa, a veces, ramplona musiquita de carrusel, en una verdadera
fiesta. Corre por la pista como si estuvieran, él
y su pareja, sobre patines. Y cuando la orquesta empieza
a desplegar la armonía de esa romántica música
creada en la corte de Francisco José y cruzada con
el ritmo inventado en los conventillos porteños,
el Tete inicia su ciclo de vueltas y vueltas, impulsando
a su pareja en figuras jamás pensadas, dominando
una pista que se ha convertido ya en el escenario de su
vida. El Tete inventa el vals cada vez que lo baila. Y la
muchacha que lo acompaña descubre que lo está
inventando con ella. Que ella también participa,
por la habilidad creadora de su efímero compañero,
en la evanescente, fugaz hermosura de dos cuerpos que crean
al desplazarse un sentido a la brevedad de la vida: el de
la belleza compartida.
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