MILONGA LA NACIONAL ADOLFO ALSINA 1465
TODOS LOS MIERCOLES ALL WEDNESDAYS

NOCHES INOLVIDABLES

PLASTICA

 

 

 

 

Geraldine:

Cuando Afrodita cayó a la milonga

Por Julio Fernández Baraibar

Los lunes la cita es en el Canning.

Se trata de un hermoso local con un señorial toldo hacia la calle, que queda en la avenida Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo porteño sabe la avenida tenía el nombre del primer ministro británico que reconoció nuestra Independencia y, de paso, nos despojó de la Banda Oriental, es decir, de lo que hoy es la República Oriental del Uruguay. Tuvieron que venir varios gobiernos peronistas para que la avenida fuese bautizada con el nombre de aquel escritor y poeta argentino que descubrió y explicó el sistema de dominación británica en el Río de la Plata y craneó la nacionalización de los ferrocarriles. Después que los ingleses nos volvieron a echar a patadas de las Malvinas y nos impusieron una cierta forma de democracia, le pusimos, como simbólica revancha, Scalabrini Ortiz a la vieja avenida Jorge Canning. Fue casi todo lo que pudimos hacer contra los ingleses.

Bien. Los lunes, como digo, la cita es en el Canning, en el amplio salón con piso de parquet del Club Helénico.

Sus altas paredes exhiben las inmensas pinturas de la gran Marcia Schwarz. Las amplias telas muestran las infinitas posibilidades de la angustia femenina, bajo la forma de milongueras gozando del delirio que sus cuerpos oferentes generan en el misterio de la danza y sufriendo el desengaño de esas palabras dichas sin pensar y el olvido de un cuerpo cuyo nombre nunca será recordado. Óleos cuyo único color dominante es el rojo: el rojo de las ingles de una parturienta; el texto en letras rojas escritas con un tampón; la copa de vino que derrama el himen de la virgen sacrificada. Ese es el único color que Marcia ha puesto en sus pinturas del Club Helénico. El eterno color femenino. El de la pasión y la sangre.

Y en la pista del Canning, en el Club Helénico, está bailando Afrodita.

Geraldine es el nombre que le han puesto sus padres, viejos sacerdotes del rito porteño. Es morena. Su pelo suelto y espumoso ha sabido de un par de trenzas cayendo sobre el marfil de sus hombros redondeados y suaves. Los ojos negros ponen en la noche la luz de todas las mañanas de enero y sus pestañas mueven el aire, como las plumas de un abanico que intenta que nada amenace su resplandeciente grandeza.

Las formas de Geraldine son la cifra de la belleza porteña. No es más alta que ningún hombre. La armonía de su rostro oliváceo, la forma redonda de su mentón, la suave curva de una nariz, cuyas fosas oscuras se abren sedientas al bailar, la boca carnosa y brillante, la sonrisa refulgentemente blanca, las orejas pequeñas ocultas bajo las guedejas del pelo renegrido, toda esa belleza que acongoja, no es sino expresión, quizás la más alta, de nuestra única y mestiza singularidad. Geraldine es una resplandecientemente hermosa criolla. Y está bailando el tango.

No importa quién la lleva. Geraldine es, en los brazos de su pareja, la eterna seducción femenina. Sus pies responden con gracia la propuesta pícara del hombre. Su cuerpo se vuelca generoso al quieto paso atrás del compañero. Golpea la punta del pie dos veces, en el silencio y la quietud del paso, se marca su gloriosa grupa bajo la segunda piel de la falda, y ahí devuelve con un giro y un ocho hacia atrás, la propuesta gentil de su pareja. Nadie como Geraldine despliega en la pista esa seducción que el hombre impone a la mujer en el tango. Cuando baila Geraldine se hace evidente que el hombre en el tango solamente tiene un papel que cumplir: que todos deseen con violencia a la mujer que baila con él.

Cuando baila Geraldine, baila Afrodita, en la helénica pista del Canning.

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Carlos Gavito: el bailarín inmóvil


Por Julio Fernández Baraibar

27 de diciembre de 2004

Carlos Gavito es delgado y alto. A sus sesenta años largos mantiene una envidiable elegancia. Siempre viste como lo que es, un caballero: ambo oscuro, camisa de gemelos y corbata al tono; zapatos, a veces de gamuza, a veces negros de cuero, lustrados siempre con meticulosidad. De piernas largas, cintura estrecha, luce una barba suave y recortada. Gavito –como lo llaman en las milongas de Buenos Aires y de Nueva York- tiene un rostro bello y armónico, una fina nariz, unos ojos negros y brillantes que miran con profundidad, unas cejas oscuras, ni muy pobladas, ni muy ralas, lo necesario para darle a los ojos el marco adecuado. Con esa cara podría haber sido galán de telenovelas o senador de la República. No ha sido ni lo uno ni lo otro. Carlos Gavito es un maravilloso, singular, bailarín de tango.
Su llegada a la milonga, a las dos de la mañana, es recibida con alegría y respeto por todos. El “maitre” sale a su encuentro para indicarle la mesa que tiene reservada. Algunas de las meseras lo saludan con un beso en la mejilla. Los milongueros experimentados le hacen un ademán desde sus mesas. Gavito se acerca a alguna de ellas y da un beso en la mejilla a alguno de sus amigos de años o a alguna muchacha, joven y bella, que espera bailar con él esa noche.
Una milonga a la que cae Gavito se convierte en una milonga debute, importante, con chapa. Porque Gavito, dicen, viene de la vieja bohemia milonguera. Salió de algún barrio, recorrió las pistas de las épocas en que el baile del tango perdía espacio en los grandes salones y se refugiaba en canchas de básquet, en milongas ignotas, en clubes cuyo único capital era un salón amplio. Pero Gavito siguió de largo. Se fue a Nueva York e impuso su modo de bailar en un salón que queda enfrente mismo de la Columbus Square, donde Donald Trump construyó su rascacielos.
Gavito se sienta a la mesa con algunos, no muchos, amigos, todos milongueros. Pide un champagne y charla con ellos y atiende, discreto y sin llamar la atención, a las muchas amigas que se acercan a darle un beso y a decirle, en voz baja, que están dispuestas a bailar con él.
Recién cuando la pista comienza a tener espacios en blanco, cuando los novatos se han retirado, cuando nadie baila a contramano ni hace pasos que molesten a las otras parejas, a eso de las tres y media de la mañana, Gavito sale a bailar.
Y en ese momento, la pista se convierte en otra cosa.
Ya no hay decenas de hombres que circulan con una mujer en sus brazos y sortean, algunos con elegancia, otros torpemente, las infinitas alternativas del baile. Sin que nadie vuelva a su mesa, la pista se llena sólo de Gavito y su pareja, siempre una bella muchacha que lo sigue embelesada, los ojos cerrados y entregada por completo a su encanto, a su baile, a ese hombre que la lleva, sin despegar del piso, a un cielo sin tiempo, sin presente ni pasado.
Gavito baila sin bailar. Gavito baila el tango, erguido en su elegancia, moviéndose apenas, impulsando con su torso y sus brazos a la compañera que, quizás sin saberlo, hace arabescos con sus pies, inventa nuevas figuras que salen del silencioso mandato de ese hombre que apenas se ha desplazado en la pista, que con sólo un medio giro de su torso, logra en la mujer una hermosa figura que realza sus piernas y su grupa. Gavito baila los silencios, reteniendo el movimiento y el abrazo, hasta el momento mismo en que se hace insoportable, casi procaz, para aflojarlo en un leve ocho hacia atrás de la muchacha que todavía ignora cómo lo ha hecho, porque su compañero casi no ha movido los pies del suelo.
El tango de Gavito es un tango sin adjetivos, es un tango sin adverbios. Sus pies y su cuerpo casi inmóviles transmiten al cuerpo y a los pies de la compañera una energía que viene de su interior, de las cuerdas que la música, por simpatía, tocan en su espíritu. No hay espectacularidad en Gavito, pero el tiempo se detiene cuando baila. Un halo de luz lo rodea y lo sigue en los escasos movimientos de su cuerpo, que mantiene una erguida elegancia, un refinadísimo sentido del ritmo y una admirable sensibilidad plástica. Gavito ha logrado resolver la paradoja y su tango, su maravilloso tango, es inmóvil como la voluntad creadora del Dios de los creyentes.

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Tete: el tango como una

eterna y pícara juventud


Por Julio Fernández Baraibar


29 de diciembre de 2004


Seguramente no hay nadie en la milonga que no conozca al Tete. Y esto por muchas razones.
Una de ellas es que el Tete frecuenta las pistas desde hace muchos años, desde cuando era un pibe veinteañero y, junto con la milonga, descubría el delirio del rock and roll. Todos los viejos sabios coinciden en afirmar que el Tete era un maravilloso, incomparable bailarín del ritmo que Little Richard, Fats Domino, Billie Halley y, por supuesto, Elvis Presley, imponían en la muchachada de la segunda mitad de los años cincuenta. Hay algunos que tan sólo por bajarle el precio, por desprestigiarlo un poco, dicen, cuando oyen mencionar su nombre, que es un gran bailarín del rock.
Pero todo esto no son más que maledicencias de milongueros, injurias vanas y, posiblemente, envidiosas, que pretenden disminuir el arte, la alegría, la pasión y la belleza que el Tete despliega cuando baila el tango.
Ya ha pasado seguramente los sesenta. No llama la atención ni por su elegancia ni por su físico. De estatura media, de anteojos -que se quita para bailar-, canoso y panzón, suele sufrir de una molesta disnea, pero nada de esto le impide desplegar en la milonga la simpatía de un eterno adolescente. El Tete es considerado por todos como un gran amigo. Leal, sincero y generoso recorre las mesas de la milonga recibiendo el respeto de los hombres y la fascinación de las mujeres. Baila y frecuenta los bailes desde que tiene memoria. Siempre tiene un requiebro para una hermosa jovencita o un suspiro para una madura alemana que ha venido a tomar sus clases desde que se enteró que Pina Bausch, la expresionista coreógrafa de danza contemporánea, lo eligió como entrenador de tango para su compañía, mundialmente célebre.
Su baile no tiene, si se lo examina con atención, ni arabescos ni artificiosidades. El Tete baila con la naturalidad de quien camina, siempre pegado al suelo, sin pasos complejos ni inútiles revoleos de pierna, pero pone en su desplazamiento una juvenil pizca de alegría, un cambio de rumbo que sorprende, unos giros que marean, una jovial energía que hipnotiza a su pareja. Es cierto, mueve sus pies con la picardía intencionada y exhibicionista del bailarín de rock. Va corriendo por el piso, apurando un paso en tres tiempos, y, de pronto, se detiene, levanta su pie izquierdo y el derecho da vuelta sobre el eje, imprimiendo a su compañera, siempre bella, siempre joven, un sorpresivo giro que confunde sus pensamientos, pero da ala a la improvisación de sus pies. Su compañera siempre sabe que el Tete jamás exigirá de ella lo que no sabe, jamás intentará demostrarle que baila mejor que ella. Sabe que bailar con el Tete es lograr sacar de ese simple caminar a su lado las infinitas posibilidades de dividir el tiempo, estirar los silencios y dejarse llevar por su brazo eternamente joven.
Y hay que verlo bailar el vals.
Confundido en el abrazo con la mujer, el Tete convierte esa, a veces, ramplona musiquita de carrusel, en una verdadera fiesta. Corre por la pista como si estuvieran, él y su pareja, sobre patines. Y cuando la orquesta empieza a desplegar la armonía de esa romántica música creada en la corte de Francisco José y cruzada con el ritmo inventado en los conventillos porteños, el Tete inicia su ciclo de vueltas y vueltas, impulsando a su pareja en figuras jamás pensadas, dominando una pista que se ha convertido ya en el escenario de su vida. El Tete inventa el vals cada vez que lo baila. Y la muchacha que lo acompaña descubre que lo está inventando con ella. Que ella también participa, por la habilidad creadora de su efímero compañero, en la evanescente, fugaz hermosura de dos cuerpos que crean al desplazarse un sentido a la brevedad de la vida: el de la belleza compartida.

 

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Buenos Aires - Argentina

 

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